Una mañana...
002 00 18 Una mañana...
Una mañana en la ciudad donde vive el mimo ambulante.
El cielo cubierto por doquier de polución.
La ría, envenenada y turbia, baja hacia el Cantábrico.
Ciudad dormitorio, suburbios, calles bulliciosas, hoteles de abigarrados rótulos, plazas, avenidas...
Es Euskadi, país conflictivo, pero ¿quién va a acallar sus mudas peroratas?
En pleno apogeo de su representación callejera, sin saber qué más improvisar, da el alto a un coche patrulla de la policía
y exige la documentación a sus sorprendidos ocupantes.
Los cachea y multa amparado en la impunidad que le ofrece la máscara blanca y risueña de mimo ambulante.
El público se ha arremolinado y ve como se lo llevan detenido,
o bien escapa tras alguien, camuflándose en sus movimientos,
imita cada uno de sus gestos, se para y vuelve cuando el otro se para y vuelve,
tan sorprendido como su sorpresa,
tan indignado como su indignación.
A veces permanece inmóvil y parece de goma, inanimado.
A veces es grotesco, como lo grotesco que nos envuelve.
A veces es déspota, como la realidad que nos rodea, aturde y oprime.
A veces es insensible, como la vorágine que nos hace caer en el vacío y en la insensibilidad.
A veces es un ejecutivo estándar sobreviviendo en el ajetreo de los florecientes negocios ajenos,
o un ama de casa atareada, cargada de bultos, regresando de hacer la compra,
o un mendigo callejeando,
o un niño recien salido del cole,
o un guardia urbano dirigiendo el tráfico,
o una joven coqueteando al pasar,
o un anciano haciendo compañía a su bastón,
o una prostituta abanderada en su esquina,
o un camello vigilando las fronteras de su territorio,
o un enamorado acurrucado en el cuerpo amado,
o un adolescente haciendo travesuras,
o un maniquí frente al escaparate de la tienda de ropa,
o un mimo ambulante triste y esposado,
o un mimo ambulante sonriente actuando en un teatro inmenso e inabarcable, siempre rodeado de niños.
Ella anda perdida en los frenéticos círculos cerrados de la noche, discoteca y pulcra algarabía.
A las mañanas sus hijos no la encuentran,
investigan en la nevera de algún vecino,
juegan en el patio comunal y tienen los ojos redondos como platos que bostezan.
Pero hoy tendrán la mar y las estrellas más cerca que nunca.
Pierden el miedo inicial y se lanzan al agua con estrépito
alborotando a los peces y a los patos.
A la noche duermen en las entrañas de la tierra
sin más artilugios que un colchón y unas mantas de abrigo.
Al despertar saltan descalzos y desnudos sobre las rocas y por los acantilados, juegan, ríen, pelean...
Él los contempla, contempla el mar y el vuelo pausado de las gaviotas.
Su rostro, sin la máscara blanca y risueña de mimo ambulante, transpira y se broncea.
Dice Es la primera vez que conozco a gente como vosotros,
que viaja por las islas, trabaja la artesanía y vive de vender lo que han hecho sus manos.
Mi trabajo en las calles es similar,
actúo para los viandantes, y éstos pagan, si quieren, por mi representación.
Quizá les ayudo a sonreír en medio de los agobios de la ciudad...
como vosotros seguramente nos hacéis soñar con mundos mejores, menos predeterminados, menos intransigentes, algo más libres.
El orden mecánico y materialista de mundo que he conocido hasta ahora no deja mucho sitio para las artes.
Las luces destellantes de neón son incompatibles con la contemplación de las noches pacíficas, silenciosas, estrelladas...
Resquicio Juvenil.

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